Es la edad, lo sé. Tiene que serlo. No puede haber otra razón para que el escepticismo haya modelado mis percepciones, una a una, hasta colocarlas desordenadamente en un montón de dudas e incógnitas permanentes. Si antes abría los ojos con sorpresa y admiración ante determinadas personas, ahora esos mismos ojos van acompañados de unas arrugas que ocultan en sus pliegues la experiencia que dan las miserias propias y ajenas, y la convicción de que toda sinceridad tiene matices y toda honestidad, sus excepciones.