Añoranza de la ambigüedad catalana
Antes de que estallara la reclamación masiva de independencia, se acusaba a los nacionalistas catalanes (a los de CiU, sobre todo) de moverse en posiciones de ambigüedad permanente, para ir arrancando poco a poco transferencias o inversiones que siempre consideraban insuficientes. A los ojos de los centralistas más suspicaces, aparecían como demandantes insaciables. Puede que ahora, en plena ola de reclamación independentista, estén añorando aquella ambigüedad permanentemente reivindicativa: había más posibilidades de alcanzar acuerdos, aunque fueran parciales o temporales.
Desde que el presidente de la Generalitat, Artur Mas, en uno de los errores de cálculo más espectaculares de nuestra reciente historia política, apostó directamente por la independencia, el campo de negociación ha quedado ostensiblemente limitado.
En el marco de la autonomía, hay margen para avanzar (o retroceder) y posibilidades de introducir todo tipo de matices en los niveles de competencias y en los intercambios de apoyos políticos. Ante la independencia, desaparecen casi todos los matices, salvo que la baza independentista sólo sea un farol para arrancar lo máximo posible.
Quizá esa hubiese sido la intención de Mas, si con el adelanto electoral del año pasado hubiese conseguido la mayoría absoluta que buscaba. Al fin y al cabo, la ambigüedad de la coalición Convergéncia i Unió respondía al espectro variado de sus militantes y de sus votantes. Pero su retroceso electoral le obligó a contar con el apoyo de Esquerra Republicana, que, desde la comodidad de quien apoya al gobierno sin dejar de estar en la oposición, impone el cumplimiento de un calendario que aprovecha la efeméride del tercer centenario de la pérdida de sus instituciones históricas para reforzar el simbolismo del clamor independentista, que tampoco ERC controla por completo aunque sea su principal beneficiario electoral.
Hasta ahora, y como en tantos otros aspectos de sus responsabilidades (empezando por la principal de todas, la crisis económica), el gobierno central se dedicaba a verlas venir, esperando que el tiempo solucionase el problema por puro desgaste, en el más puro estilo Rajoy (que en eso cuenta con el antecedente del dictador Francisco Franco, dicho sea salvando todas las distancias de consideración democrática). Parece que eso se está corrigiendo con ciertos contactos discretos (por no decir secretos) cuyo alcance todavía se desconoce, pero en los que ambas partes se mueven con el lastre de equivocaciones pasadas (por acción o por omisión) y con el pánico ante posibles consecuencias electorales. El electorado del PP, en concreto, puede castigarle más por una decisión que considere claudicante ante Cataluña que por todos los escándalos de corrupción.
De todas formas, ante la perspectiva de que el tancredismo oficial pudiera contribuir a envenenar las relaciones con Cataluña de forma irreversible, quizá conviniera plantearse la alternativa de que lo que podría volver a abrir el espacio del diálogo y la negociación fuese precisamente ese referéndum que el centralismo no está dispuesto a permitir. Después de todo, podría ser la forma más clara de saber cuál es la voluntad de los catalanes, por encima de las retóricas patrióticas (de cualquiera de las patrias) que se gastan algunos. Y a partir de resultados reales, podría ser más real la posibilidad de entendimiento.






Comentarios
José Antonio, me alegro mucho
José Antonio, me alegro mucho de que trates el tema de la apuesta del nacionalismo catalán por forzar la creación de un estado diferenciado e independiente. En general estoy de acuerdo con todo lo que dices, pero echo de menos un análisis económico y político desde la perspectiva de la clase trabajadora residente en Cataluña. Por no sé por qué misterio sobrenatural los nacionalismos periféricos españoles reciben desde siempre un trato comprensivo, hasta afectuoso, por parte de la izquierda, cuando es obvio lo que son: derecha oscurantista, reaccionaria y cleptónama. Esa apelación religiosa al sentido de tribu mancillada y acosada por "los otros" está en las antípodas del materialismo esencial de la izquierda. El proceso que propugnan los nacionalistas catalanes puede tener dos trayectorias previsibles: la inviabilidad forzada por el marco jurídico del estado y una hipotética concreción en estado separado. La primera supongo que supondrá un amargo trago para los "ilusionados" por el prolongado canto de sirena independentista y una larga travesía del desierto de la desilusión. La realización de un estado catalán, forzando las bisagras hasta donde haga falta, llevaría a una situación en la que los perjudicados serían los trabajadores y ... los muy ricos (pero estos tienen para curarse en buenas clínicas). Se han hecho múltiples descripciones de la trayectoria económica de un estado desgajado de un miembro de la UE y el panorama es muy preocupante para una gran parte de la ciudadanía residente en Cataluña. Algunos rasgos de la situación que se crearía es previsible que sean: > Implantación inmediata de barreras arancelarias por cese de pertenencia a la UE. > Deslocalización masiva de industrias productivas hacia territorios pertenecientes a la UE (para evitar el sobrecoste por aranceles). > Reducción consecuente del PIB > Elevación de la deuda del 16 al 59% del PIB catalán. La deuda propia es de unos 42.000 M€, el 16.2 de su PIB. La deuda en circulación de España en marzo de 2013 era de 745.531,1 M€, Cataluña es el 18,7% del PIB de España, luego a Cataluña le correspondería hacerse cargo de 139.414 M€. Sumados a su deuda propia, serían 155.414 M€, o un 59% de su PIB. > Financiación extremadamente difícil de la administración del territorio (ahora su deuda está entre los considerados "bonos basura" por los mercados). Costes elevados de financiación de la deuda y escasez endémica de capital. > Subida de precios por importaciones gravadas (energía, materias primas, productos elaborados). Esto tendría un impacto importante en el turismo, p. ej. > Las industrias culturales en español tenderán a radicarse en territorios de habla española. Además de: > Vacíos legales, cese de derechos adquiridos por los ciudadanos, etc. por la abolición de la legislación de la UE en el territorio extrañado. > Imposibilidad para los ciudadanos catalanes de circular libremente por los países miembros de la UE, teniendo que familiarizarse de nuevo con términos como aduanas, pasaportes y visados. > Desgarros familiares y sociales: unos deciden ser de A y otros de B en el mismo entorno. En fin un panorama que supondría una especie de invierno económico-social de varias décadas que obligaría a muchos a trasladarse a territorios con oferta de trabajo y a los que se queden a reducir considerablemente su nivel económico. ¿Cómo no hay ningún partido de izquierda que avizore mínimamente lo que supondría forzar la separación y se ponga del lado de los trabajadores que no tienen escudo alguno ni más recurso que su capacidad de trabajar? Lo echo mucho de menos. Soy residente en Cataluña, antinacionalista y de izquierdas, o sea, un huérfano político. Un abrazo. Luis