Calzoncillos de seda

LAS COSAS COMO SON
Agustín Castellote

Sucedió en el Congreso de los Diputados durante la Segunda República: en un acalorado debate, el político y escritor Pérez Madrigal interpeló a José María Gil Robles, que se encontraba en el estrado."Qué vamos a pensar de usted, si lleva calzoncillos de seda", señaló en una alegoría a que se había alejado del pueblo y de los intereses del mismo; Gil Robles levantó la cabeza y sin perder ni un instante la sonrisa, contestó: "No sabía yo que la esposa de su señoría fuera tan indiscreta".

Eran tiempos del sarcasmo y el ingenio dialéctico al servicio de la política, en los que la oratoria y la fina ironía, resultaban un arma letal de destrucción masiva. En otra ocasión y en el Parlamento Británico, la primera mujer que llegó a la Cámara de los Comunes, Lady Astor, se levantó de su asiento, harta ya de estar harta, y le espetó al poderoso Winston Churchill: "Sí usted fuera mi marido, le echaría veneno en el té", a lo que el político y Premio Nobel de Literatura contestó: "Sí usted fuera mi esposa, me lo bebería".

Años donde la astucia, la lucidez y la sutileza casaban con la inteligencia, donde la política era un arte y el verbo un elemento diferenciador. ¡Cómo han cambiado los tiempos! ¡Cómo ha bajado el nivel!  Finalizado el primer acto del vodevil de la investidura y devuelto el toro a corrales para que los ciudadanos votemos otra cosa de lo que queremos, que a sus señorías les pueda gustar, quienes hemos seguido hora tras hora, todos los discursos, todos los debates y toda la polémica, no podemos por más que desilusionarnos, echarnos las manos a la cabeza, por esa absurda política del pim pam pum, enterrando al adversario antes de intentar comprenderle, con argumentos simplistas y dibujando posturas desaliñadas de la realidad, con poco espacio para la brillantez, en medio de una doctrina anacrónica cerrada a las necesidades del prójimo y que sobrevive sustentada por una continua desestabilización, por un cliché negativo en el que la tentación del poder se ha convertido en la tentación de la ignorancia. 

Un ejercicio de filibusterismo en el que se promete lo que ellos saben no podrán cumplir, se anuncian imposibles, se invocan irrealidades, se generan falsas ilusiones que traerán millones de frustraciones a una sociedad prisionera de la ambición de sus dirigentes. 

Es una gran ceremonia de la sinrazón, en la que se llenan la boca de democracia y estado de derecho mientras atentan continuamente contra ella, incapaces de encontrar puntos de encuentro, luces en la oscuridad, en su habitual discurso de desgaste y en el que todos van contra todos y contra todo. 

Y ahora volveremos a iniciar el proceso desde el comienzo, reseteando la voluntad de la ciudadanía para ver si nos damos cuenta de una vez por todas que, o pensamos lo que ellos quieren, o mejor que no pensemos. 

¿Y si el resultado de las próximas elecciones es el mismo o muy parecido a las anteriores? ¿Qué hacemos?  Pues seguiremos en ese bucle interminable, en ese empate infinito de las broncas, de los insultos y de las provocaciones, de los intereses y las ambiciones, donde el poder es mucho más importante que los programas o las ideas, hasta desembocar en la filosofía derrotista de aquel viejo principio marxista:  “Cuanto peor, mejor”. Después de todo, cuando se apaguen las luces y el escenario se quede vacío, cuando se vuelvan a casa, con sus buenos sueldos, con su buena vida y sus calzoncillos de seda, la gente seguirá preguntándose, de verdad ¿tenemos lo que nos merecemos? Y mientras la rabia protesta contra el caos, el minutero, impasible, continúa avanzando.

 

@AgCastellote 

España

(C) El Diario Fénix 2011        Contacto:  [email protected]