Chapuzas europeas frente a la especulación

El plumilla errante
José A. Gaciño

Si faltaba algún dato más para corroborar el nivel de chapuza con que los gobernantes europeos están afrontando la crisis (con independencia de las razones ideológicas de fondo que marcan las líneas a seguir y que esas sí que las tienen claras), el esperpento del rescate a Chipre constituye una aportación importante.

Hasta ahora, sabíamos que, en realidad, las autoridades europeas (bajo la hegemonía alemana) no están interesadas en superar la crisis, sino en conseguir que los bancos que financiaron las burbujas del sur (alemanes, especialmente) recobrasen los créditos concedidos alegremente (es decir, irresponsablemente), a costa de lo que fuese. Y que, para justificar ese interés tan particular (que, además, pone en peligro el interés general de la economía europea en su conjunto y la de cada uno de sus países, en unos momentos críticos de recesión general), han fabricado la imagen del sur indolente y despilfarrador, al que hay que meter en cintura con el castigo de la austeridad en el gasto público, que sacrifica a las clases menos favorecidas (incluida una buena parte de las clases medias) y abre nuevas perspectivas de negocio a las grandes empresas privadas en sectores como el de la asistencia sanitaria o el de los fondos de pensiones, por ejemplo.

Ahora sabemos también que los rigurosos inquisidores del norte pueden ser tan chapuceros como los desaliñados pecadores del sur y que, en su afán por cubrir de cilicios a quienes se han desviado del camino correcto, son capaces de saltarse su obsesiva preocupación por las reacciones de los mercados y poner en peligro todo ese tinglado del euro levantado en su día con tanta ambición como precipitación, de tal forma que, a las primeras turbulencias especulativas, lo que se consideraba una excelente herramienta de intercambio fluido entre economías europeas en expansión se ha transformado en una cadena que impide los movimientos de economías en recesión.

El afán de castigar a los “malos” (en este caso, los que habían cometido el pecado de depositar sus ahorros en los banco chipriotas) les ha llevado a sembrar el recelo entre los posibles depositantes en todas las economías encadenadas por un euro sin mecanismos de defensa común (por no decir solidaria, que sonaría a herejía entre los inquisidores de la ortodoxia neoliberal). Con el ridículo añadido de que, después de tomada una decisión en una de esas maratonianas sesiones de supuesta negociación, nadie quería hacerse responsable de ella, una vez que se dieron cuenta de que habían metido la pata, no ya por las protestas de la ciudadanía chipriota directamente afectada (que eso ya se sabe que les importa menos), sino por el vértigo de unos mercados que empezaban a sospechar que las inversiones y los depósitos en cualquiera de los países de la Unión Europea podrían correr el mismo peligro de confiscación que en los “corralitos” de Chipre.

Lo de tener una moneda común, sin tener una política económica común, una fiscalidad básica común y una supervisión bancaria común, supone estos riesgos, sobre todo si la UE acepta tener en su seno paraísos fiscales (o “centros financieros offshore”, como se les camufla para no dar mala imagen), como Chipre, donde refugian sus capitales los nuevos ricos rusos, con el sorprendente apoyo del propio gobierno de Rusia, pero también como Luxemburgo, Irlanda, Austria y algunos territorios británicos (Gibraltar, por ejemplo), entre otros. Tanta preocupación por el gasto público y tan poca por la delincuencia financiera y el fraude fiscal. Tanto rigor para exigir sacrificios a la mayoría de los ciudadanos y tanta chapuza a la hora de controlar la especulación. Una lamentable deriva del viejo sueño de la unidad europea.

Comentarios

Las sospechas sobre la

Las sospechas sobre la posibilidad de que las medidas del rescate de Chipre puedan extenderse a toda la Unión Europea se han confirmado con las declaraciones del presidente del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem, que anuncia que, en próximos rescates, ese será el criterio a seguir: hacerle pagar a los ahorradores una parte de las pérdidas del banco en que depositen sus ahorros.

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