El padre Pedro Manuel, un cura de Chiclana (Cádiz), de 43 años, sabía nadar y estaba acostumbrado a ver ponerse el sol por encima de las olas bravas que dibujaban un horizonte azulado. Amaba el mar, pero sentía un gran respeto por esa hermosa inmensidad salada, que te lo ofrece todo pero también te lo puede quitar. Pedro conocía muy bien los códigos marinos, por eso no quitaba ojo a aquellos niños de su parroquia de Quinindé, en Ecuador.