Antonio lleva varios días flotando. Le da patadas a cualquier papel y cabecea a la luna. Se cree Iniesta. La camiseta roja, después de casi tres días pegada a su piel, apesta; pero ese sudor casi sólido le gustaría guardarlo para siempre en un tapervué, porque le alejó durante muchas horas de una realidad que le muerde las entrañas.