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Rayos y centellas
Siempre me ha llamado la atención la capacidad que tiene el fútbol para alterar conciencias y modificar sensaciones, ha de ser verdad aquello que dice que los seres humanos nos diferenciamos del resto de los animales porque poseemos la capacidad cerebral de reflejar la realidad en forma de sensaciones, percepciones y pensamientos; es como si la pelota nos llevara a una especie de estado luminoso, a una realidad intangible pero perfectamente identificable y en la que la fantasía llega a tapar la propia esencia del deporte. Digo esto porque días después de que en Barcelona se viviera el apocalipsis, tras una derrota en Anoeta que abría la caja de los truenos, que hizo que se tambaleara todo un proyecto, desde el entrenador a los jugadores, pasando por dirigentes y hasta el estilo; resulta que la crisis, en esa vieja y manida teoría de los vasos comunicantes que dice que cuando al Barca le va mal al Real Madrid siempre le irá bien y viceversa, ha cambiado de bando; ha servido una contundente y justa derrota del Madrid en el Vicente Calderón para que el volcán azulgrana pasara a ser un remanso de paz y lo que era un idílico paseo militar para los madridistas, donde ya se anunciaban a bombo y platillo récords y parabienes mientras iban sacando brillo a las copas por llegar, entrara en erupción. Poco importó entonces que el Barca siguiera vivo en todas las competiciones y que su desventaja resultara mínima con respecto al flamante líder y poco importa ahora que el Real Madrid siga el primero de una liga a la que restan mil batallas por librar. El entorno futbolístico sigue fiel a su idea de no hacer prisioneros, de no importar el ayer ni el mañana y cada derrota de estos clubes, por pocas que sean, son tomadas como afrentas a no sé qué honor, como humillaciones a indescifrables propósitos que provocan una alteración sobrealimentada de la realidad y un aparatoso estallido del problema.
Antes de que Ancelotti sea fusilado al amanecer, tras anunciarse hace una semana su más que segura renovación, antes de la enésima jubilación de la ayer idolatrada y hoy denostada plantilla, antes de activar el ventilador de la porquería y que todos disparen al muñeco y antes incluso de que un solo resultado cambie de nuevo el escenario del aquelarre, convendría recordar que existen estados intermedios entre el éxtasis y el apocalipsis y que en este juego de contrarios suele vencer quien más resiste.
Si una derrota en fútbol es síntoma de una grave enfermedad, más que un médico, conviene buscar un psiquiatra; si un solo resultado es capaz de convertir al héroe en villano o viceversa, hay que hacérselo mirar y si no somos capaces de discernir el ébola de un simple dolor de cabeza, tenemos un serio problema.
El fútbol de hoy como generador de pasiones es siempre de máximos o de mínimos, de blancos o negros, de cielos o infiernos, y eso no puede ser bueno; primero porque no es justo y luego porque no es real.
Necesitamos un punto de cordura y sensatez, necesitamos darle el valor que tienen a las victorias pero también a las derrotas sin caer en la tentación de la demolición, necesitamos que no resulte excepcional lo que debería ser normal y sobre todo necesitamos que el aficionado no ejerza de periodista y que el periodista no ejerza de fanático. Vamos, que lo que necesitamos es que las piezas, de una vez por todas, ocupen su lugar.
@agcastellote





