Control bipartidista de la mecánica electoral
Comenzada ya en Andalucía la primera campaña electoral de las muy diversas que se van a celebrar este año en España, vuelven a repetirse las quejas de los profesionales que tienen que cubrir la información en los medios públicos. Como se repiten los comentarios críticos –más por parte de analistas y profesores que de políticos– sobre las normas que regulan las elecciones y que siguen siendo las mismas con las que se convocaron las elecciones generales de 1977 (antes de la Constitución).
Sólo se le han dado unos ligeros retoques, los más importantes precisamente en lo relativo a la presencia de las candidaturas en las radios y televisiones públicas. Por ejemplo, en los repartos discriminatorios de espacios publicitarios gratuitos y, sobre todo, en la progresiva transformación de la información electoral en unos espacios publicitarios más, al imponerse el formato de píldoras de cada candidatura con duración marcada en función de su representación anterior.
En cuanto a las posiciones críticas sobre la legislación electoral, oscilan entre las favorables a un sistema mayoritario puro en plan británico y las partidarias de un sistema proporcional igualmente puro (en plan israelí: con circunscripción única y sin tope de porcentaje mínimo para acceder al parlamento), pasando por un sistema mixto a la alemana (una parte de diputados elegidos directamente por circunscripciones, y el resto completado por el reparto proporcional de los votos conseguidos en todo el país) y otras variables, como las listas abiertas, muy mencionadas por casi todos y nunca concretadas por nadie. Muchas propuestas en plan académico y mucho comentario improvisado, pero sin que realmente haya habido un debate serio con consecuencias políticas, entre otras cosas porque los partidos interesados en cambiar el sistema no tienen fuerza electoral para hacerlo y los que sí tienen esa fuerza no tienen ningún interés en reformar unas normas que claramente les benefician.
Las expectativas de cambio que parecen vaticinar los sondeos podrían modificar ese desequilibrio. Habrá que ver, de todas formas, si esas nuevas fuerzas emergentes son capaces de superar los obstáculos colocados en las normas para que la distribución de escaños no sea exactamente proporcional al número de votos. Todavía no se ha producido en elecciones generales, pero en algunas autonómicas (Cataluña, por ejemplo) ya ha sucedido que el partido más votado en el conjunto de la comunidad no fuese el que obtuvo más diputados: es el resultado de atribuir a las provincias menos pobladas una representación superior a la que le correspondería si los escaños se distribuyesen de forma proporcional al número de habitantes, y que las provincias más habitadas tengan una menor representación.
La previsible fragmentación de la representación podría dar lugar a que, en los necesarios pactos postelectorales, alguien colocase la reforma del sistema electoral como condición para prestar su apoyo, pero no suele figurar entre los compromisos ineludibles (los socialistas en Asturias incumplieron lo pactado con UPyD, y los conservadores británicos le montaron un referendo-trampa a sus coligados liberal-demócratas para desactivar su proyecto de reforma electoral). Controlar la estructura y la mecánica de la representación parlamentaria, para mantenerse o alternarse en el gobierno, es una tentación constante, incluso por encima de las convicciones democráticas. Y puede ser muy fuerte la tentación de mantener el mecanismo en beneficio propio incluso para quienes hayan tenido que luchar duro en sus esfuerzos por superar las trampas que el bipartidismo todavía vigente (¿la casta?) ha ido tejiendo a lo largo de estos años para perpetuar su hegemonía.
@jagacinho





