El nuevo gobierno griego, entre la decepción y los límites
Los más escépticos esperan simplemente el momento en que empiece a registrarse la decepción por un nuevo intento fallido de suavizar las rígidas medidas de la austeridad discriminatoria impuesta en la Unión Europea. Entre los demás, hay un abanico de posiciones diversas que van desde los optimistas históricos, convencidos de que ha empezado la recuperación de la voluntad democrática frente a los poderes financieros, hasta los sumisos vergonzantes que aceptaron con más o menos convencimiento la amarga medicina de los recortes y que ahora se niegan a que se tenga con otro la consideración que ellos no fueron capaces de reivindicar para si mismos.
El caso es que, de momento, no se ha hundido el mundo –ni siquiera la Unión Europea ni la llamada eurozona– tras el triunfo electoral en Grecia de Syriza (coalición de izquierda radical), en contra de lo que vaticinaban los propagandistas del miedo para influir en los electores del país más machacado por la crisis, una crisis –recordemos– no originada ni en Grecia ni en Europa, pero que aquí se ha asentado con mayor fuerza que en ningún otro lugar del mundo, quizá porque se ha querido aprovechar la crisis para ajustar cuentas con las conquistas sociales y colocar a la gran mayoría de los asalariados de Europa en los niveles de precariedad en que se mueven los asalariados de los nuevos competidores, los de los llamados países emergentes.
Incluso se ha dejado entrever que alguna concesión podría hacerse (el simbólico desmantelamiento formal de la troika, por ejemplo, o alguna prolongación de los plazos) para que el nuevo gobierno griego no quede demasiado mal ante sus electores, al menos en un primer momento. Al fin y al cabo, unas semanas antes de las elecciones griegas ya empezaban a vislumbrarse algunos nuevos intentos de aliviar la presión de los acreedores, como las compras de deuda por el Banco Central Europeo o el plan de incentivos al crecimiento que trata de poner en pie el nuevo presidente de la Comisión Europea, aunque todo ello matizado y limitado por quienes quieren cobrar por encima de todo (incluso por encima de la ruina total del deudor antes de que termine de pagar).
Pero el sistema tiene sus límites. Cuando el socialista François Hollande llegó a la presidencia de la República Francesa, también se levantaron expectativas sobre la posibilidad de cambiar la política europea de austeridad. Se pensaba que un gobierno socialdemócrata en Francia tendría la fuerza suficiente para convencer al gobierno hegemónico en la UE, el alemán, de que la austeridad a ultranza estaba llevando a los países europeos a un círculo vicioso que podrían tardar demasiado en superar. Hasta el presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, amagó entonces con formar un frente con el francés, aunque pudo más su identificación ideológica con la alemana Angela Merkel. Hollande terminó rindiéndose (o convencido de que no había otra posibilidad) y decepcionando a sus votantes (como Rodríguez Zapatero había decepcionado antes a los suyos), contribuyendo al naufragio general de la socialdemocracia europea.
Syriza vuelve a intentarlo con propuestas que cualquier socialdemócrata europeo hubiese suscrito hace cuarenta años. Y tropieza con los nuevos límites marcados en una Unión Europea que parece decidida a prescindir de las conquistas sociales que formaron parte en su día de sus principales señas de identidad. Quizá el nuevo gobierno griego se vea obligado a claudicar como todos los socialdemócratas europeos (incluidos los alemanes), pero nadie podrá culparle por no poder conseguir lo que gobiernos con más potencia fueron incapaces de sacar adelante.
@jagacinho





