Valentino, el demonio está en los detalles
Hacía tiempo que no se vivía una excitación tan grande; quizá desde el famoso cabezazo de Zidane a Materazzi en la final del mundial de fútbol de 2006, cuando una acción puntual y antideportiva llegó a eclipsar el propio evento que se disputaba; la patada de Rossi a Márquez en el Gran Premio de Malasia de motoGP se ha convertido, casi sin quererlo, en parte de nuestras vidas. Se abren telediarios, se provocan tertulias, se multiplican portadas, incluso los líderes políticos aprovechan para hacer campaña, mientras, como suele ocurrir, la afición se divide, llevando el contencioso a una especie de cuestión de estado. Es lo que tiene el deporte como gran agitador social y más si a un campo abonado se le riega suficientemente a base de morbo e intereses privados.
Nadie puede ni debe mirar a un lado ante una reacción antideportiva e inexplicable, un exceso impropio de una súper estrella mundial que como le sucedió a Zidane en Alemania resulta pura contradicción en sus términos. Una persona aparentemente racional y sosegada, un deportista respetado y admirado, dentro y fuera de los circuitos, obligado a adaptarse a lo inesperado, a traicionarse a sí mismo, provocando una desarmonía que los sociólogos tildarían como aspectos de nuestra sombra. Sólo una diferencia entre el cabezazo de Zidane y la patada de Rossi, mientras el francés reconocía su fallo y pedía disculpas, el italiano se enrocaba en su ego al grito de “el error es otro”. Eso y la reacción de los dirigentes de uno y otro deporte, que llevaba a los primeros a una sanción ejemplar a Zidane y a los segundos a instalarse en la cobardía y el negocio para, con su pésima resolución, provocar una reacción generalizada de rechazo hacia la misma.
Y en esas llegamos a Valencia, en medio del habitual estruendo mediático que somete al deportista al arbitrio de innumerables juicios sumarísimos. Rossi se equivocó en el asfalto y se equivocó aún más fuera de él, al no reconocer su error; temperamento de fuego que convirtió, en apenas un segundo, al ídolo en villano.
Quizá la culpa de todo no es del propio Rossi ni de Zidane, ni de los muchos Rossis o Zidanes que hay en el deporte, en la música, en el cine, en la televisión y en la vida. Quizá los culpables somos nosotros que nunca supimos discernir entre ídolos y héroes, términos entendidos como sinónimos pero que contienen una abismal y nunca bien entendida diferencia. Un ídolo es una imagen ideal, una cosa amada o admirada y que llega a ser incluso objeto de culto. Un héroe es un personaje que tiene una virtud excepcional, encarna unos valores, hasta convertirse en un ejemplo, en un modelo a seguir. Mezclarlos puede ponernos frente al espejo para descubrir que el diablo está en los detalles, en una sociedad sobrada de muchos ídolos y necesitada de algunos héroes.
@agcastellote







