Cuando España firmó su adhesión a la entonces Comunidad Económica Europea, el proceso hacia una Europa unida se contemplaba, sobre todo desde países que tenían una prolongada dictadura en su pasado inmediato –España y Portugal, sin ir más lejos–, como el mejor horizonte para completar sus espacios de libertad. Ahora, treinta años después, la sensación es que la Unión Europea está poniendo límites a la libertad.