Sarajevo era, en aquellos años de cuñas de leche y retratos de Franco y José Antonio, un territorio mítico. Ningún alumno, ni siquiera los privilegiados que vestían ropas sin remiendos y se sentaban en las primeras filas, las únicas a las que llegaba, aunque muy atenuada ya, la onda de calor generada por la estufa del maestro, hubiera podido situarlo en el mapa.