Los últimos libros

Cuentos de la montaña

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Antonio Castillo

Los personajes de los Cuentos de la montaña le resultaron familiares desde el primer momento. Como dice el texto de la contracubierta, son «seres sencillos, campesinos portugueses de la serranía. Gente que vive y muere sin un grito, sin grandes gestos, amando y odiando esa tierra difícil en la que un destino inmisericorde los hizo nacer».

El descubrimiento del cielo

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Antonio Castillo

Allí estaba, concentrado en la lectura de su voluminoso libro, que cerraba en cuanto yo cubría la corta distancia que separaba el ascensor del mostrador. La primera noche, cuando el fax dio señal de ocupado, le expliqué que sería un compañero de deportes que, como yo, se mantenía fiel a los viejos medios de transmisión y que, también como yo, apuraba hasta el último minuto para enviar sus informaciones. Como la mía era una crónica cultural, podía esperar.

Florido mayo

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Antonio Castillo

Le llamó la atención la sonoridad del apellido, Grosso. Parecía brillar con luz propia en una pulcra estantería metálica de Simago en la que también estaba Vargas Llosa, cuya fotografía –pelo largo, amplia sonrisa– ocupaba toda la contraportada de La casa verde («Libros DB, los libros De Bolsillo que DeBe usted leer y conservar», rezaba el paratexto de la edición de Argos Vergara).

El buen soldado

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Antonio Castillo

«El día que cumplí los cuarenta me dispuse a demostrar lo que era capaz de hacer, y el resultado fue El buen soldado». Estas palabras de Ford Madox Ford bullen todavía en mi cabeza cuando ya he dejado el apartamento del náufrago. Camino con el libro en la mano y los gruesos guantes, que me protegen del frío, me impiden al mismo tiempo palpar con precisión la cubierta.

La piel del lobo

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Antonio Castillo

Cuando se enfrentó a los papeles sintió una emoción extraña. El paso de los años había dejado en ellos una pátina ocre que le desagradó. Ahora es un dios que viaja al pasado por la puerta sucia que entreabre la caligrafía marcial de un funcionario. La cuadrilla llega a la taberna al anochecer.

El maestro y Margarita

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Antonio Castillo

Vio una vez al diablo. Él era entonces un crío que iba a todas partes corriendo, también en su casa. Salía de la cocina despacio, pero en cuanto pisaba el pasillo daba impulso a sus zapatillas de paño, peligrosamente inestables sobre las relucientes baldosas, en una progresión loca pautada por jadeos y latidos que tenía su meta en el salón.

La pena de Bélgica

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Antonio Castillo

El náufrago dice que esta vez me ha reservado una novela «total», como a él le gusta llamar a esas obras que erigen un universo autónomo en el que el lector se instala, sin importar la lejanía temporal o geográfica de lo que se relata. Él mismo creyó tener dos vidas mientras recorrió sus páginas, la suya cotidiana y otra nueva de observador atento y agradecido por la recompensa que su atención al texto recibía.

Muerte de un apicultor

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Antonio Castillo

Afrontaban una larga recta, una recta larguísima y solitaria, cuando le dijo que se acercara. Él escaló la carcasa repujada bajo la que se ocultaba el motor y que lo separaba de la posición del conductor, se acomodó sobre los poderosos muslos de su padre e intentó inútilmente abarcar el volante, que le parecía enorme, como la rueda de un carro.

La modificación

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Antonio Castillo

Cuántos trenes recorren las páginas de la literatura moderna.

Nuestra Carrie

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Antonio Castillo

Las películas concluyen, casi siempre, con el triunfo del amor y nadie se pregunta por el futuro de esa pareja feliz, si lo seguirán siendo después de unos años, si esa relación almibarada no se quebrará por el acíbar de las deudas, o de las infidelidades, o del simple desgaste de la convivencia diaria.

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