Allí estaba, concentrado en la lectura de su voluminoso libro, que cerraba en cuanto yo cubría la corta distancia que separaba el ascensor del mostrador. La primera noche, cuando el fax dio señal de ocupado, le expliqué que sería un compañero de deportes que, como yo, se mantenía fiel a los viejos medios de transmisión y que, también como yo, apuraba hasta el último minuto para enviar sus informaciones. Como la mía era una crónica cultural, podía esperar.